Talleres y Cursos de Literatura y Lengua en PERRAS NEGRAS_Ctro. Fción. Humanística (Montevideo- Uruguay)
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domingo, 5 de julio de 2015
Talleres de Iniciación a la Escritura Narrativa
Memorias frías de un soldado
Afuera,
la nieve lo cubría todo, como el velo fino que se coloca sobre los difuntos,
protegiendo al muerto de los vivos, y resguardando a los vivos del muerto. Los
pinos verdes ya no eran verdes sino grises. Completamente. Imitando al cielo,
que no había parado de nevar durante semanas.
De las
carpas, sólo silencio: albergaban hombres en combate contra el sueño, aunque
lucharan por dormirse. Desde una, sin embargo, cierta tenue luz parecía
arrastrar el sonido ácido de un grafo contra el papel.
<< Soy el soldado Mezut Freier, y en
horas dejaré de serlo... >>, escribía el joven. Se detuvo, miró las
palabras con sus ojos nimbados de nieve, y continuó. <<Esto es,
probablemente, lo último que escriba en mi vida; una verdadera lástima, porque
me hubiera gustado contar mi historia con más tiempo, pero tiempo es lo que
menos tengo. Ya limpié mi rifle, ordené las balas y cené mi última cena: un
poco de pan y lo que quedaba de alcohol en mi cantimplora. Ya guardé las fotos
de las personas que amé mucho y de las que no tanto. Ya le hice el amor a mi
esposa por última vez. Ya recé por última vez a un dios que dudo escuche las
plegarias de un soldado del Infierno, como se nos ha denominado. Ya escuché las
órdenes de mi superior, quien le construyó un pedestal al Fuhrer, aunque en las
sombras y bajo las caricias de la embriaguez, me ha confesado que lo odia con
todo su ser. También me reveló que en cuestión de horas podríamos recibir un
ataque sorpresa, y dadas nuestras condiciones, en minutos pasaríamos a otro
plano>>.
Afuera
la brisa sopló, y a pesar del resguardo, el frío le penetró los huesos.
<<Estoy
esperando que esa hermosa mujer que habita la noche helada y que le hace el
amor a los moribundos, venga a ocuparse de mí... pero que venga mientras
duermo, porque estoy cansado de oponerme a mi irrefutable destino...
Quizás,
si las hubiese ocultado mejor, nada de esto hubiera pasado, pero no supe
esconderlas, y mis padres encontraron mis pinturas; encontraron mi pasión.
Aquella, en especial, los llevó a enlistarme en el ejército nazi: la de Paul y
Gerard. Había conocido a los jóvenes en el taller de arte y los pinté mientras
se amaban. Yo jamás amé a un hombre, pero la forma en la que ellos se
entregaban necesitaba ser inmortalizada. Convertir ese momento en un rastro de
la eternidad me costó la vida. Un sacrificio que, sin duda alguna, pagaré en
manos de los soviéticos en las próximas horas>>.
Mezut
observó la última palabra y la repitió en su mente: “Horas, horas, horas... eso
es lo único que me queda”.
Su
compañero de carpa se revolvió en la cama. “¿Duermes, Ismael?... Claro que
duermes.” Volvió sus ojos hacia el papel y contempló otra vez las palabras que
medían su vida. Tomó la hoja y unos fósforos, y salió de la carpa.
Dio unos
pasos sobre la nieve, con esfuerzo, y sintió cómo el frío le quemaba la piel.
Cerró y abrió su mano izquierda, completamente entumecida, y se encaminó hacia
los árboles. Carámbanos de hielo pendían de las ramas y, por alguna razón, el
soldado recordó que jamás le había gustado el invierno, pero se sentía
fascinado con él. Comenzó a escalar el
suelo, dominado aquí y allá por la vegetación, y en minutos (u horas) se sintió
fatigado; exhausto, se detuvo frente a un pino, completamente petrificado. Tomó
el papel con la mano agarrotada y encendió un fósforo. El calor de la página en
llamas le acarició la piel de los dedos, hasta que la soltó, y ella, suavemente,
cayó en la nieve, dejando a su paso pequeñas luciérnagas rojas. Tomó su navaja
y, con enorme esfuerzo, comenzó a rayar y a tallar en el árbol.
Cuando
terminó guardó su navaja en el bolsillo. Sin brusquedad, se sacó el sobretodo. Sus dedos apenas si pudieron
desprender los botones de la camisa negra, pero la camiseta blanca, al fin,
quedó liberada. Se sentó y apoyó la espalda contra el pino; se estremeció al
notar que el árbol y el suelo se sentían cálidos. Observó con detenimiento a su
alrededor: la nieve flotando, otros árboles pálidos y blancos sosteniendo estalactitas
de sus ramas y, de pronto, las cenizas de su confesión todavía braceando. Las
lágrimas nacidas de sus ojos se escarcharon en sus mejillas como un beso
extrañamente tibio que lo hizo sonreír. Entonces, todavía pudo preguntarle al
viento: “¿Qué es el arte?” Y luego se durmió.
La nieve
no tardaría en cubrirlo. El frío no demoraría en inmortalizarlo. La dama lo
abrazó, pero al erguirse, frunció el ceño. Grabadas en la corteza, leyó: “El
arte es libertad – Mezut Freier”.
Germán
Olivera
Taller
de Iniciación a la Narrativa
Pasiones
Literarias
Centro
de Formación Humanística
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